El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Perdón —dijo Maximilien—, pero creo que voy a sacarles de dudas, señores; Montecristo es una islita de la que he oÃdo a menudo hablar a los marinos que empleaba mi padre; un grano de arena en medio del Mediterráneo, un átomo en el infinito.
—Es exactamente eso, señor —dijo Debray—. Y bien, de ese grano de arena, de ese átomo, es señor y rey el hombre de quien nos habla; habrá comprado el tÃtulo de conde en alguna parte de la Toscana.
—¿Y es rico, ese conde?
—A fe mÃa que sÃ, eso creo.
—¿Pero eso debe verse, me parece?
—En eso se engaña usted, Debray.
—Ahora sà que no entiendo nada.
—¿Ha leÃdo usted Las mil y una noches?
—¡Pardiez! ¡Vaya pregunta!
—Pues bien, ¿sabe usted si los personajes son pobres o ricos? ¿Si los granos de trigo son rubÃes o diamantes? Parecen unos miserables pescadores, ¿no? Se les trata como a tales y, de repente, abren alguna misteriosa caverna donde se encuentra un tesoro que puede comprar la India entera.
—¿Y qué?
—¿Y qué? Pues que mi conde de Montecristo es uno de esos pescadores. Incluso tiene un nombre de Las mil y una noches, se llama Simbad el marino y posee una gruta llena de oro.