El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¿Y usted ha visto esa gruta, Morcerf? —preguntó Beauchamp.

—No, yo no, Franz, pero, ¡chsss! No diga ni una palabra delante de él. Franz bajó allí con los ojos vendados, y le sirvió un mudo y unas mujeres, al lado de las cuales Cleopatra no es más que una dama galante. Sólo que en cuanto a lo de las mujeres, no está muy seguro, pues no entraron sino después de haber tomado el hachís, de manera que bien podría ser que hubiera creído que eran mujeres lo que no era más que un grupo de estatuas.

Los jóvenes observaron a Morcerf con una mirada que quería decir: «¡Ah, vaya! O es usted un insensato o se está burlando de nosotros».

—En efecto —dijo Morrel pensativo—, he oído contar a un viejo marino llamado Penelon algo parecido a lo que dice el señor de Morcerf.

—¡Ah! —dijo Albert—. Menos mal que el señor Morrel viene en mi ayuda. Eso les contraría, ¿no?, que venga a echarme un ovillo de hilo en mi laberinto.

—Perdón, querido amigo —dijo Debray—, pero es que nos cuenta usted cosas tan inverosímiles…

—¡Ah, pardiez! ¡Porque sus embajadores, sus cónsules no se las cuentan! Ellos no tienen tiempo, tienen que molestar a sus compatriotas que viajan.


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