El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Ah! Bueno, ya veo que se enfada usted y lo paga con nuestros pobres agentes. ¡Eh, Dios mÃo! ¿Con qué quiere usted que le protejan? La Cámara les roe cada dÃa sus sueldos; hasta el punto de que ya no encontramos agentes. ¿Quiere usted ser embajador, Albert? Haré que le nombren embajador en Constantinopla.
—¡Ni hablar! Para que el sultán, a la primera demostración que haga a favor de Mehmet AlÃ, me envÃe la cuerda para que mis secretarios me estrangulen.
—Ya lo ve usted —dijo Debray.
—¡SÃ, pero eso no impide que mi conde de Montecristo exista!
—¡Pardiez! Todo el mundo existe, ¡vaya un milagro!
—Todo el mundo existe, sin duda, pero no en esas condiciones. ¡No todo el mundo tiene esclavos negros, galerÃas principescas, armas como en una alcazaba, caballos de seis mil francos cada uno, amantes griegas!
—¿Y usted la vio, a esa amante griega?
—SÃ, la vi y la oÃ. La vi en el teatro Valle, la oà un dÃa cuando desayunábamos con el conde.
—¿Asà que también come, ese hombre extraordinario?
—A fe mÃa que si come es tan poco, que no merece la pena hablar de ello.
—Al final verá que es un vampiro.