El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —RÃanse, si quieren. Pero esa era la opinión de la condesa G…, que como ustedes saben conoció a lord Ruthwen.
—¡Ah, muy bonito! —dijo Beauchamp—. He ahà un hombre no periodista inclinado hacia la serpiente de verano de Le Constitutionnel; ¡un vampiro, es perfecto!
—Ojos leonados, cuyas pupilas disminuyen o se dilatan a voluntad —dijo Debray—; ángulo facial desarrollado, frente magnÃfica, tez lÃvida, barba negra, dientes blancos y finos, cortesÃa sin igual.
—Y bien, es justamente asÃ, Lucien —dijo Morcerf—, la descripción es perfecta, rasgo a rasgo. SÃ, cortesÃa aguda e incisiva. A menudo, ese hombre me daba escalofrÃos; un dÃa, entre otros, que veÃamos juntos una ejecución, creà que iba a desmayarme, más por verle y oÃrle hablar frÃamente de todos los suplicios de la tierra que por ver al verdugo cumplir con su oficio y oÃr los gritos del ajusticiado.
—¿Y no le llevó a usted por las ruinas del Coliseo para chuparle la sangre, Morcerf? —preguntó Beauchamp.
—¿O, después de liberarle, no le hizo firmar algún pergamino color de fuego, por el que usted le cedÃa su alma, como Esaú el derecho de primogenitura?