El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Búrlense! ¡Búrlense lo que quieran, señores! —dijo Morcerf un poco molesto—. Cuando yo les miro a ustedes, apuestos parisinos, habituados al bulevar de Gand, paseantes del Bois de Boulogne, y recuerdo a ese hombre, pues bien, me parece que no somos de la misma especie.

—¡Eso me halaga! —dijo Beauchamp.

—Lo cierto es que —añadió Château-Renaud— su conde de Montecristo es un hombre galante en sus ratos perdidos, salvo quizá en esos pequeños arreglos con los bandidos italianos.

—¡Eh! ¡No hay bandidos italianos! —dijo Debray.

—¡Ni vampiros! —añadió Beauchamp.

—Ni conde de Montecristo —añadió Debray—. Observa, querido Alberto, están dando las diez y media.

—Confiese que ha sido una pesadilla, y vamos a comer —dijo Beauchamp.

Pero la vibración del péndulo no se había aún extinguido, cuando la puerta se abrió, y Germain anunció:

—¡Su Excelencia el conde de Montecristo!

Todos los presentes dieron un salto, muy a su pesar, que denotaba la preocupación que el relato de Morcerf había infiltrado en sus almas. El mismo Albert no pudo evitar una súbita emoción.


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