El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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No habían oído ni coche en la calle, ni pasos en la antecámara; la misma puerta se había abierto sin ruido.

El conde apareció en el umbral, vestido con la mayor sencillez, pero el lion más exigente no hubiera encontrado nada que reprochar a su atuendo. Todo era de un gusto exquisito, todo salía de las manos de los más elegantes proveedores: traje, sombrero, ropa blanca.

Aparentaba apenas unos treinta y cinco años, y lo que asombró a todos fue su extremado parecido con el retrato que Debray había trazado de él.

El conde avanzó sonriendo hacia el centro del salón, y vino derecho hacia Albert, que, yendo a su encuentro, le ofreció la mano rápidamente.

—La puntualidad —dijo Montecristo— es la cortesía de los reyes, como dijo, creo, uno de nuestros soberanos. Pero, por muy buena voluntad que se tenga, no es siempre la de los viajeros. Sin embargo, espero, mi querido vizconde, que disculpará, en favor a mi buena voluntad, los dos o tres segundos de retraso que creo que he tardado en aparecer a su cita. Quinientas leguas no se hacen sin alguna contrariedad, sobre todo en Francia, donde está prohibido, me parece, apalear a los cocheros.


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