El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Señor conde —respondió Albert—, estaba anunciando su visita a algunos de mis amigos que he reunido con ocasión de la promesa que usted tuvo a bien hacerme, y tengo el honor de presentárselos. Son, el señor conde de Château-Renaud, cuya nobleza remonta a los Doce Pares, y cuyos antepasados se sentaron en la Mesa Redonda; el señor Lucien Debray, secretario particular del ministro del Interior; el señor Beauchamp, terrible periodista, azote del gobierno francés, pero de quien quizá, a pesar de su fama nacional, no haya usted oído hablar en Italia, dado que su periódico no llega allí; finalmente, al señor Maximilien Morrel, capitán de espahís.

Al oír ese nombre, el conde, que hasta entonces no había saludado cortésmente, sino con una frialdad e impasibilidad inglesas, dio un paso hacia delante, a pesar suyo, y un ligero tono de rubor pasó como un rayo por sus pálidas mejillas.

—El señor lleva el uniforme de los nuevos vencedores franceses —dijo—, es un bonito uniforme.

Nadie hubiera podido decir cuál era el sentimiento que imprimía en la voz del conde una tan profunda vibración, y hacía brillar, a pesar suyo, su mirada, que era tan hermosa, tan tranquila y tan límpida cuando no había ningún motivo para ocultarla.

—¿Es que no había visto nunca a nuestros africanos, señor? —dijo Albert.


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