El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Nunca —replicó el conde, que ya era perfectamente dueño de sí.

—Pues bien, señor, bajo este uniforme late uno de los corazones más valientes y más nobles del ejército.

—¡Oh! Señor conde —interrumpió Morrel.

—Déjeme hablar, capitán… Y acabamos de conocer —continuó Albert— un hecho tan heroico de él que, aunque acabo de ver hoy por primera vez al capitán, le reclamo el favor de presentárselo como mi amigo.

Y de nuevo se pudo apreciar en Montecristo, al oír estas palabras, esa mirada de extraña fijeza, ese rubor furtivo y ese ligero temblor de los párpados que en él denotaban emoción.

—¡Ah! El señor es de corazón noble —dijo el conde— ¡vaya, pues mejor todavía!

Esa especie de exclamación, que respondía al propio pensamiento del conde más que a lo que acababa de decir Albert, sorprendió a todo el mundo y sobre todo a Morrel, que miró a Montecristo con asombro. Pero, al mismo tiempo, la entonación era tan dulce y, por decirlo así, tan suave que, por muy extraña que resultara la exclamación, no había motivo para disgustarse.

—¿Por qué lo dudaría? —dijo Beauchamp a Château-Renaud.


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