El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —No —respondió Montecristo—; me vi obligado a cambiar de ruta e informarme en los alrededores de Nimes, de manera que no quise parar.
—¿Y comió usted en el coche? —preguntó Morcerf.
—No, duermo sin previo aviso, cuando me aburro sin tener ganas de distraerme, o cuando tengo hambre sin tener ganas de comer.
—¿Entonces es usted quien ordena al sueño, señor? —preguntó Morrel.
—Poco más o menos.
—¿Y tiene una receta para eso?
—Una receta infalible.
—Pues eso serÃa excelente para nosotros, el ejército africano, que no siempre tenemos qué comer, y raramente qué beber —dijo Morrel.
—Sà —dijo Montecristo—; desgraciadamente mi receta, excelente para un hombre como yo, que lleva una vida completamente excepcional, serÃa muy peligrosa aplicada a un ejército, que no se despertarÃa cuando se le necesitase.
—¿Y se puede saber cuál es esa receta? —preguntó Debray.