El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Señor conde, ¡usted no tiene idea del placer que siento al oírle hablar así! —dijo Morcerf—. Yo le había presentado a mis amigos como un hombre fabuloso, como un encantador de Las mil y una noches; como un brujo de la Edad Media; pero los parisinos son gente tan sutil en paradojas que toman como caprichos de la imaginación las verdades más incontestables, cuando esas verdades no cumplen con todas las condiciones de su existencia cotidiana. Por ejemplo, aquí está Debray que lee, y Beauchamp que imprime cada día que han raptado o que han desvalijado en el bulevar a un miembro rezagado del Jockey-Club; que han asesinado a cuatro personas en la calle Saint-Denis o en el Faubourg Saint-Germain; que han detenido a diez, a quince, a veinte ladrones, ya sea en un café del bulevar del Temple, ya sea en las Termas de Juliano; pues bien, sin embargo, ambos rebaten la existencia de bandidos en la Maremma, en el campo de Roma o en las Lagunas Pontinas. Dígaselo entonces usted mismo, se lo ruego, señor conde, que fui raptado por esos bandidos y que, sin la generosa intercesión de usted, estaría hoy, según todas las probabilidades, esperando la resurrección eterna en las catacumbas de San Sebastián, en lugar de ofrecerles este almuerzo en mi indigna y pequeña casa de la calle del Helder.

—¡Bah! —dijo Montecristo—. Usted me había prometido no hablar nunca de esa miseria.


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