El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Todos miraban a Montecristo con asombro; hablaba con tanta sencillez que era evidente que decÃa la verdad o que estaba loco; sin embargo, la esmeralda que conservaba en sus manos les inclinaba a creer más en el primer supuesto.
—¿Y qué le dieron a cambio de ese magnÃfico regalo esos dos soberanos? —preguntó Debray.
—El Gran Señor, la libertad de una mujer —respondió el conde—; Nuestro Santo Padre, la vida de un hombre. De manera que por una vez en mi existencia fui tan poderoso como si Dios me hubiera hecho nacer en las gradas de un trono.
—¿Y fue a Peppino a quien liberó, no es eso? —exclamó Morcerf—. ¿Fue a él a quien se le aplicó el derecho de gracia?
—Quizá —dijo Montecristo sonriendo.