El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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La bombonera dio la vuelta a toda la mesa, pero era más para examinar esa admirable esmeralda que para ver o para oler las píldoras por lo que los comensales se pasaban la bombonera unos a otros.

—¿Y es su cocinero quien le prepara ese manjar? —preguntó Beauchamp.

—No, no, señor —dijo Montecristo—, yo no dejo así como así mis auténticos placeres a la merced de manos indignas. Yo soy bastante buen químico, y preparo las píldoras yo mismo.

—Esta sí que es una esmeralda admirable, la mayor que yo haya visto nunca, aunque mi madre tiene algunas joyas de familia bastante notables —dijo Château-Renaud.

—Yo tenía tres iguales —repuso Montecristo—; di una al Gran Señor, que la incrustó en un sable; la otra, a nuestro Santo Padre el papa, que la incrustó en su tiara frente a otra esmeralda más o menos igual, pero menos hermosa, que su predecesor, Pío VII, había recibido de manos del emperador Napoleón; yo me quedé con la tercera e hice que la ahuecaran, lo que le quitó la mitad de su valor, pero la hizo más adecuada para el uso que yo quería darle.


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