El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —ConvendrÃan, si estuvieran aquà —dijo la marquesa de Saint-Méran, mujer de ojos secos, labios delgados, de aspecto aristocrático y todavÃa elegante a pesar de sus cincuenta años—, convendrÃan todos esos revolucionarios que nos expulsaron y a quienes nosotros dejamos conspirar tranquilamente en nuestros viejos castillos que compraron por un trozo de pan durante el Terror, convendrÃan en que la verdadera devoción y entrega era la nuestra, puesto que nosotros nos vinculábamos con la monarquÃa que caÃa, mientras que ellos, por el contrario, saludaban al sol naciente y amasaban sus fortunas, mientras que nosotros perdÃamos las nuestras; convendrÃan en que nuestro rey, el nuestro, era realmente Luis el Bienamado, mientras que su usurpador, el de ellos, no ha sido más que Napoleón el maldito; ¿no es asÃ, de Villefort?
—¿DecÃa usted, señora marquesa? Perdóneme, pero no estaba en la conversación.
—¡Eh! Deje usted a estos chicos, marquesa —repuso el anciano que habÃa dirigido el brindis—; estos jóvenes van a casarse, y naturalmente tienen que hablar de otra cosa y no de polÃtica.
—Le pido perdón, madre —dijo una joven y guapa muchacha de rubios cabellos, de ojos de terciopelo que nadaban en un fluido de nácar—; le devuelvo al señor de Villefort a quien he acaparado un momento. Señor de Villefort, mi madre le está hablando.