El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Estoy dispuesto a responder a la señora, si tiene a bien renovar su pregunta, que oí mal —dijo el señor de Villefort.

—Se le perdona, Renée —dijo la marquesa con una sonrisa de ternura, que uno se asombraba de ver florecer sobre ese rostro seco, pero el corazón de la mujer está hecho así, que por muy árido que se ponga al soplo de los prejuicios y de las exigencias de la etiqueta, siempre hay un rincón fértil y risueño: es el rincón que Dios ha consagrado al amor maternal—. Se le perdona… Estaba yo diciendo ahora, Villefort, que los bonapartistas no tenían ni nuestra convicción, ni nuestro entusiasmo, ni nuestra entrega.

—¡Oh! Señora, al menos ellos tienen algo que sustituye a todo eso: el fanatismo. Napoleón es el Mahoma de Occidente; es para todos esos hombres vulgares, pero de ambiciones supremas, no solamente un legislador y un jefe, sino que además es un modelo, el modelo de la igualdad.

—¡De la igualdad! —exclamó la marquesa—. ¡Napoleón modelo de la igualdad! ¿Y qué será entonces Robespierre? Me parece que usted ha robado el puesto a Robespierre para dárselo al corso; es más que una usurpación, me parece.


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