El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Señora —respondió Villefort—, yo me uniré a la señorita de Saint-Méran para rogarle, muy humildemente, el olvido del pasado. ¿De qué sirve recriminarse cosas en las que incluso la voluntad de Dios es impotente? Dios puede cambiar el futuro; pero ni siquiera Él puede modificar el pasado. Lo que nosotros podemos, nosotros los hombres, es, si no renegar de él, sí al menos cubrirlo con un tupido velo. Y bien, yo, yo me he apartado no solamente de la opinión de mi padre, sino también del nombre de mi padre. Mi padre fue, o incluso es aún, bonapartista y se llama Noirtier; yo, yo soy monárquico y me llamo Villefort. Deje, señora, morir en el viejo tronco un resto de savia revolucionaria, y no vea, señora marquesa, más que el brote que se aparta de su tronco, sin poder, y diré casi, sin querer despegarse del todo.

—¡Bravo, Villefort —dijo el marqués—, bravo, bien respondido! Yo también he predicado siempre a la marquesa el olvido del pasado, sin haber podido obtenerlo nunca por su parte; espero que usted tenga más suerte.





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