El Conde de Montecristo

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—Sí, está bien —dijo la marquesa—, olvidemos el pasado, no pido nada mejor, y está convenido; pero que al menos Villefort sea inflexible respecto al futuro. No olvide, Villefort, que respondimos por usted ante Su Majestad: que Su Majestad, ella también, ha querido olvidar; que, ante nuestra recomendación, Su Majestad tendió la mano, como yo olvido ante el ruego que usted me hace. Pero si le cae a usted entre las manos algún conspirador, piense que se seguirán teniendo los ojos sobre usted, de quien se sabe que pertenece a una familia que pudiera estar en relación con esos conspiradores.

—¡Ay, señora! —dijo Villefort—. Mi profesión, y sobre todo los tiempos en los que vivimos, me ordenan ser severo. Lo seré. Ya he tenido que soportar algunas acusaciones políticas y, respecto a ellas, ya fui sometido a prueba. Desgraciadamente, no hemos terminado aún.

—¿Usted cree? —dijo la marquesa.

—Mucho me temo que sea así. Napoleón en la isla de Elba está cerca de Francia; su presencia, casi visible desde nuestras costas, mantiene la esperanza de sus seguidores. Marsella está llena de oficiales con media paga que, cada día, bajo un frívolo pretexto, buscan pelea con los monárquicos; de ahí los duelos entre la gente de clase elevada, y de ahí los asesinatos entre la gente del pueblo.


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