El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¿Qué pasa? —preguntó Baisemeaux—. Supongo que no os referís al vino que bebéis ni a quien os lo da a beber.

—No, es un caballo que por sí solo mete tanto ruido en el patio como pudiera hacerlo un escuadrón entero.

—Será algún correo —dijo Baisemeaux bebiendo a más y mejor—. Tenéis razón, cargue con él el diablo, y pronto, para que no volvamos a oír hablar de él.

—Os olvidáis de mí, Baisemeaux; mi vaso está vacío —dijo Aramis mostrando el suyo.

—Palabra que me dais el mayor placer… ¡Francisco!… ¡vino!

—Está bien, señor —dijo Francisco—. Pero… ha llegado un correo…

—Que se lo lleve el diablo.

—Sin embargo, señor…

—Que lo deje en la escribanía; mañana veremos. —Y canturreando añadió—: Mañana será de día.

—Señor —tartamudeó el soldado Francisco bien a su pesar.

—Cuidado con lo que hacéis, Baisemeaux —repuso Aramis.

—¿Y de qué he de tener yo cuidado? —exclamó el gobernador, algo más que alegre.

—A veces las cartas que llegan por correo a los gobernadores de ciudadela, son órdenes.


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