El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Monseñor está aquà en su casa —respondió el gobernador—. Decidme, os encontraréis solo ahora que el señor conde de La Fere se ha vuelto a sus penates de Blois. Es amigo muy antiguo, ¿no es verdad?
—Lo habéis tan bien como yo, pues fuisteis mosquetero con nosotros —respondió Aramis.
—Con mis amigos nunca cuento las batallas ni los años.
—Y obráis cuerdamente; pero yo hago algo más que querer al señor de La Fere, le venero.
—Pues a mà me place más el señor de D’Artagnan. ¡Qué buen bebedor! A lo menos uno puede leer en el pensamiento de hombres como el capitán.
—Baisemeaux, emborrachadme esta anoche, echemos una cana al aire como en otros dÃas, y si tengo alguna pesadumbre en el corazón, os juro que la veréis como verÃais un diamante dentro de vuestro vaso.
—Bravo —dijo Baisemeaux escanciándose un buen porqué de vino y trasegándolo en su estómago mientras se estremecÃa de gozo al ver que iba a ser partÃcipe de algún pecado capital del obispo.
Mientras el gobernador bebÃa. Aramis escuchaba con la mayor atención el ruido que subÃa del patio.
Como a las ocho y al llegar a la quinta botella, entró un correo con grande estrépito, pese a lo cual nada oyó el gobernador.
—¡Cargue el diablo con él! —exclamó Aramis.