El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¡Alto ahÃ! —dijo Herblay.
—Os digo que me parecéis un cardenal.
—Basta, basta, señor de Baisemeaux. Vos mismo habéis dicho que calzo botas de caballero; pero ni aun esta noche, y pese a mis botas, quiero enemistarme con la Iglesia.
—Sin embargo, alentáis malas intenciones.
—Malas como todo lo mundano.
—¿Recorréis calles y callejuelas enmascarado?
—SÃ.
—¿Y continuáis esgrimiendo la espada?
—Sólo cuando me obligan a ello. Hacedme la merced de llamar a Francisco.
—Ahà tenéis vino.
—No es para eso, sino porque aquà hace calor y la ventana está cerrada.
—Cuando ceno mando cerrarlas todas para no oÃr el paso de las rondas o la llegada de los correos.
—¿Conque se les oye cuando la ventana está abierta?
—ClarÃsimamente, y eso me molesta.
—Pero uno se ahoga aquÃ… ¡Francisco!
—¿Señor?
—Hacedme el favor de abrir la ventana —dijo Aramis—. Con vuestro permiso, señor de Baisemeaux.