El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Casi siempre.
—¿No proceden de los ministros las órdenes?
—SÃ; pero…
—¿Y no se limitan los ministros a refrendar la firma del rey?
—Puede que tengáis razón. Con todo eso no deja de ser enojoso, cuando uno está sentado al una mesa bien servida y en compañÃa de un amigo… Perdonad, caballero, se me habÃa olvidado que soy yo quien os he convidado al mi mesa y que hablo con un presunto cardenal.
—Dejemos de lado con todo eso y volvamos a Francisco.
—¿Qué ha hecho Francisco?
—Ha murmurado.
—Malo, malo, malo…
—Sin embargo, ha murmurado, y cuando ha murmurado, es que pasa algo fuera de lo usual. PodrÃa muy bien suceder que Francisco no anduviese descaminado al murmurar, sino vos al resistiros a escuchar.
—¿Yo no tener razón delante de Francisco? —exclamó Baisemeaux—. Duro me parece.
—Solamente en lo que atañe a la irregularidad del servicio en este caso concreto. Perdonad si os he molestado; pero he creÃdo que debÃa haceros una observación que juro importante.