El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¡Es fenomenal! TodavÃa estoy viendo la orden y el nombre de Seldón, irlandés. Y aun recuerdo que debajo del nombre, habÃa un borrón.
—No hay borrón alguno; ved.
—SÃ, repito —dijo el gobernador—; y tan es asÃ, que he arañado la arenilla de que el borrón estaba cubierto.
—Sea lo que fuere, con o sin borrón dice la orden que pongáis en libertad a Marchiali.
—De que ponga en libertad a Marchiali —repitió el gobernador esforzándose en recobrar la lucidez de su mente.
—Y vais a soltar al preso. Si de paso os da el corazón por abrir las puertas de la Bastilla a Seldón, no me opongo.
Aramis coronó sus últimas palabras con una sonrisa tan preñada de ironÃa, que Baisemeaux acabó de serenar y cobró alientos.
—Monseñor —dijo Baisemeaux—. Marchiali es el preso a quien el otro dÃa vino a visitar por manera tan imperiosa y tan en secreto un padre cura, confesor de «nuestra orden».
—No sé nada de eso —replicó Aramis.
—Sin embargo, no hace tanto tiempo…
—Es verdad; pero entre nosotros importa que el hombre de hoy olvide lo que hizo el hombre de ayer.