El hombre de la máscara de hierro

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—Como quiera que sea —repuso Baisemeaux—, la visita del confesor jesuita habrá sido grandemente provechosa para ese joven.

Aramis no replicó y se puso a comer y a beber.

Baisemeaux, lejos de imitar a Herblay, tomó nuevamente la orden y, después de releerla, la examinó por el anverso y por el reverso con la mayor atención.

Aquel examen, en circunstancias normales habría hecho subir los colores al rostro del poco paciente Aramis; pero el obispo de Vannes no se atufaba por tan poco, sobre todo cuando sabía que el atufarse era peligroso.

—¿Vais a libertar a Marchiali? —dijo Herblay—. ¡Zape! ¡Qué rico jerez, mi querido gobernador!

—Lo pondré en libertad después que haya visto yo al correo que ha traído la orden, y del interrogatorio a que voy a sujetarlo resulte claro para mí…

—Pero, si las órdenes están selladas, y por consiguiente nada sabe de ellas el correo. ¿Y qué queréis ver claro por ese camino?

—Bueno, enviaré un parte al ministerio, y el señor Lyonne confirmará o rectificará la orden.

—¿Y qué provecho vais a sacar? —repuso Aramis con la mayor frescura.

—Así uno nunca se engaña, ni falta al respeto que un subalterno debe a sus superiores, ni infringe los deberes del cargo que desempeña por voluntad propia.


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