El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Con efecto, Felipe, absorto, ya no tocaba con los pies en el suelo, y su alma, que de un vuelo subiera hasta el excelso trono, suplicaba a Dios que en medio de aquella incertidumbre, de la que debía salir su vida o su muerte, le concediese un rayo de luz.

Fue aquel un momento terrible para el obispo de Vannes; y es que aun no se había encontrado nunca en presencia de un infortunio tan inmenso. Aquella alma de bronce, acostumbrada a luchar contra obstáculos ante los cuales no se halló jamás inferior ni vencido, iba a naufragar en aquel vasto plan por no haber previsto la influencia que ejercía en un cuerpo humano un puñado de hojas regadas por algunos litros de aire.

Aramis, clavado en su sitio por la angustia de la duda, contempló pues la dolorosa agonía de Felipe, que sostenía la lucha contra los dos ángeles misteriosos. Aquel suplicio duró los diez minutos que solicitara el joven. El cual, durante aquella eternidad, no cesó de mirar el cielo con ojos de súplica, tristes y humedecidos; como Aramis no apartó de Felipe los suyos, preñados de avidez, inflamados y devoradores.




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