El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Felipe bajó de repente la cabeza, y es que su pensamiento había bajado nuevamente a la tierra. Al joven se le endureció la mirada, arrugósele la frente, y armósele de resolución indómita la boca; luego volvió a quedar con los ojos fijos, que por ahora se reflejaba en ellos la llama de los humanos esplendores; ahora su mirada era como la de Satanás cuando, en la cima de la montaña, quería tentar a Jesucristo mostrándole los reinos y las potestades de la tierra.
La mirada de Aramis se hizo tan suave como antes era sombría. Felipe, con además veloz y nervioso, acababa de tomarle la mano, diciendo:
—Vamos adonde se encuentra la corona de Francia.
—¿Es esa vuestra decisión, príncipe mío? —preguntó Aramis.
—Sí.
—¿Irrevocable?
Felipe ni siquiera se dignó responder; se limitó a mirar al obispo, como para preguntar si un hombre puede volver sobre su acuerdo.
—Vuestras miradas son los dardos de fuego que pintan los caracteres —dijo Aramis inclinándose hasta la mano de Felipe—. Seréis grande, monseñor, yo soy quien os lo pronostico.