El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Anudemos la conversación donde la hemos dejado —repuso el prÃncipe—. Si no recuerdo, os he dicho que «querÃa» ponerme de acuerdo con vos acerca de dos puntos: los peligros o los obstáculos. Ya está resuelto este punto. El otro estriba en las condiciones que me impondréis. Ahora os toca hablar a vos, señor de Herblay.
—¿Las condiciones, prÃncipe mÃo?
—Por supuesto. No vais a detenerme en mi camino por tal bagatela, ni me haréis el agravio de suponer que yo creo a pies juntillas que os habéis metido desinteresadamente en este negocio. Conque dadme a conocer sin ambages ni rodeos vuestro pensamiento.
—Es éste —dijo Aramis—: Una vez rey…
—¿Cuándo lo seré?
—Mañana por la noche.
—¿Cómo?
—Os lo diré después que me hayáis contestado a lo que voy a deciros. Os envié un hombre fiel para que os entregara un cartapacio con notas en letra menuda y redactadas con firmeza, que permiten a Vuestra Alteza conocer a fondo a cuantas personas componen o compondrán vuestra corte.
—Leà todas las notas a que os referÃs.
—¿Atentamente?
—Las sé de memoria.