El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¿Las comprendisteis? Y perdonad si os hago la pregunta, que bien puedo hacérsela al infeliz abandonado de la Bastilla. Dentro de ocho dÃas nada tendré que preguntar a un hombre de tan claro entendimiento como vos, en el pleno goce de la libertad y del poder.
—Interrogadme pues; me avengo a ser el escolar a quien su sabio maestro le hace dar la lección señalada.
—Primeramente hablemos de vuestra familia, monseñor.
—¿De mi madre Ana de Austria?, ¿de sus amarguras y de su terrible dolencia? De todo me acuerdo.
—¿Y de vuestro segundo hermano? —repuso Aramis inclinándose.
—Añadisteis a las notas unos retratos trazados por manera tan maravillosa, tan bien dibujados, tan bien pintados, que en ellos reconocà a las personas de quienes vuestras notas designaban el carácter, las costumbres y la historia. Mi hermano es un gallardo moreno de pálida tez, que no ama a su mujer Enriqueta, a quien yo, Luis XIV, he amado un poco, y aún la amo coquetamente, por más que me arrancó lágrimas el dÃa en que quiso despedir a La Valiére.
—Cuidado con exponeros a los ojos de ésta —dijo Aramis—. La Valiére ama de todo corazón al rey actual, y difÃcilmente engaña uno los ojos de una mujer que ama.