El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Es rubia, y tiene ojos garzos, cuya mirada de ternura me revelará su identidad. Cojea un poco, y escribe diariamente una carta a la que por mi orden contesta Saint-Aignán.
—¿Y a éste lo conocéis?
—Como si lo viera, y sé de memoria los últimos versos que me ha dirigido, asà como los que yo he compuesto en contestación a los suyos.
—Muy bien. ¿Y vuestros ministros?
—Colbert, feo y sombrÃo, pero inteligente; con los cabellos caÃdos hasta las cejas, cabeza voluminosa, pesada y redonda, y por aditamento, enemigo mortal de Fouquet.
—Respecto de Colbert nada tenemos que temer.
—No, porque precisamente me pediréis vos que lo destierre.
—Seréis muy grande, monseñor —se limitó a decir Aramis, lleno de admiración.
—Ya veis que sé la lección a las mil maravillas —añadió el prÃncipe—, y con la ayuda de Dios y la vuestra no padeceré muchas equivocaciones.
—TodavÃa quedan un par de ojos muy molestos para vos, monseñor.
—Ya, os referÃs al capitán de mosqueteros, a vuestro amigo D’Artagnan.
—En realidad es amigo mÃo.