El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —No, desde luego, monseñor. Esto levantarÃa demasiadas sospechas, causarÃa grande extrañeza.
—¿Por ventura el primer ministro de mi abuela MarÃa de Médicis, Richelieu, era algo más que obispo de Luzón, como vos lo sois de Vannes?
—Veo que Vuestra Alteza ha aprovechado bien mis notas. No podéis figuraros cuánto me halaga vuestra maravillosa perspicacia.
—También sé que, gracias a la protección de la reina, Richelieu no tardó en recibir el capelo.
—Más valdrá —repuso Aramis inclinándose— que no sea yo primer ministro hasta que Vuestra Alteza me haya hecho nombrar cardenal.
—Lo seréis antes de dos meses, señor de Herblay. Pero esto es muy poco, tan poco, que me darÃais un disgusto si limitáis a eso vuestra ambición.
—Por eso espero más, monseñor.
—¡Ah! decid, decid.