El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—El señor Fouquet no desempeñará por mucho tiempo la superintendencia, pues envejecerá rápidamente. Si hoy comparte el placer con el trabajo, hasta donde éste se lo permite, es porque le queda aún algo de juventud; algo que desaparecerá a la primera aflicción o a la primera enfermedad que le asalte. La aflicción se la evitaremos, porque es hombre digno y de corazón noble, pero en cuanto a la enfermedad, nada podemos. De consiguiente, quedamos en que una vez hayáis pagado las deudas del señor Fouquet y repuesto la hacienda, aquél, a quien habremos enriquecido, continuará siendo rey en medio de su corte de poetas y pintores. Entonces yo, primer ministro de Vuestra Alteza Real, podré pensar en mis intereses y en los vuestros.

El príncipe miró a su interlocutor.

—Richelieu, del cual hemos hablado —continuó Aramis—, cometió el grande error de querer gobernar por sí sobre el reino, de dejar que se sentaran dos reyes en un mismo trono, Luis XIII y él, cuando pudo instalarlos más cómodamente en dos tronos diferentes.

—¿En dos tronos? —repuso Felipe.


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