El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Que sólo el haberos comprendido me llena de gozo y de orgullo; seréis cardenal, señor Herblay, y una vez cardenal, mi primer ministro, y una vez mi primer ministro, haré cuanto me digáis para que os elijan papa. Pedidme garantías.

—¿Para qué? Nunca haré yo cosa alguna sin que vos salgáis ganando; ni subiré, que no os haya hecho subir a vos el escalón superior, y me mantendré siempre lo bastante lejos de vos para sustraerme a vuestros celos, y lo bastante cerca para conservar vuestro provecho y celar vuestra amistad. En este mundo todos los pactos se rompen porque el interés que encierran tiende a ladearse de sólo un lado. Entre vos y yo nunca pasará eso; he ahí por qué no necesito garantías.

—¿Así pues… mi hermano… desaparecerá?

—Sí, monseñor, y sin que persona alguna se dé cuenta de ello. Lo robaremos de su cama valiéndonos de una trampa que cede a la presión del dedo. Dormido a la sombra de la corona, despertará en el cautiverio. Vos, desde aquel instante, impondréis vuestra única voluntad, y nada os interesará como el conservarme a vuestro lado.

—Es cierto. Aquí está mi mano, señor de Herblay.

—Permitidme que me arrodille respetuosamente en vuestra presencia, Sire. El día que la corona ciña vuestra frente, y la tiara la mía, nos abrazaremos.


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