El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro D’Artagnan, que estaba tan curtido en las intrigas cortesanas, y conocÃa la situación de Fouquet más que Fouquet mismo, concibió las más raras sospechas al tener noticia de aquella fiesta que habrÃa arruinado a un hombre rico, y que para un hombre arruinado era una empresa descabellada y de realización imposible. Además, la presencia de Aramis, de regreso de Belle-Isle y nombrado director de las fiestas por Fouquet, su asidua intervención en todos los asuntos del superintendente, y sus visitas a Baisemeaux, eran para D’Artagnan puntos demasiado obscuros para que no le preocupasen hacÃa ya algunas semanas.
—Con hombres del temple de Aramis —decÃa entre sà el gascón—, uno no es el más fuerte sino espada en mano. Mientras Aramis fue inclinado al la guerra, hubo esperanzas de sobrepujarle; pero desde el punto y ahora en que se echó una estola sobre la coraza no hay remedio para nosotros. Pero ¿qué se propone Aramis?… ¿qué me importa, si sólo quiere derribar a Colbert?… Porque ¿qué más puede querer?