El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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El mosquetero se rascaba la frente, tierra fértil de la que el arado de sus uñas había sacado tantas ideas fecundas, y resolvió hablar con Colbert; pero la amistad y el juramento que lo ligaban a Aramis le hicieron retroceder, sin contar que él, por su lado odiaba también al intendente. Luego se le ocurrió hablar sin ambages con el rey; pero el rey se quedaría a obscuras respecto de sus sospechas, que ni siquiera tenían la realidad de la conjetura. Por último, decidió dirigirse directamente a Aramis tan pronto volviese a verlo.

—Lo tomaré de sorpresa —dijo para sí el mosquetero—; le hablaré al corazón, y me dirá… ¿Qué? Algo, porque ¡vive Dios! que aquí hay misterio.

Ya más tranquilo, D’Artagnan hizo sus preparativos de viaje, y cuidó de que la casa militar del rey, muy poco nutrida aún, estuviese bien regida y organizada en sus pequeñas proporciones. De lo cual se siguió que Luis XIV, al llegar a la vista de Melún, se puso al frente de sus mosqueteros, de sus suizos y de un piquete de guardias francesas, que en conjunto formaban un reducido ejército que se llevaba tras sí las miradas de Colbert, que hubiera deseado aumentarlo en un tercio.

—¿Para qué? —le preguntó el rey.

—Para honrar más al señor Fouquet —respondió el intendente.

—Sí, para arruinarlo más aprisa —dijo mentalmente el gascón.


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