El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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El ejército llegó frente a Melún, cuyos notables entregaron al Luis XIV las llaves de la ciudad y le invitaron a entrar en las casas consitoriales para beber lo que en Francia llaman el vino de honor.

Luis XIV, que había hecho el propósito de no detenerse para llegar a Vaux, se sonrojó de despecho.

—¿Quién será el imbécil causante de ese retardo? —murmuró el rey, mientras el presidente del municipio echaba la arenga de rúbrica.

—No soy yo —replicó D’Artagnan—; pero sospecho que es el señor Colbert.

—¿Qué se os ofrece, señor D’Artagnan? —repuso el intendente al oír su nombre.

—Se me ofrece saber si sois vos quien ha dispuesto que convidasen al rey a beber vino de Brie.

—Sí, señor.

—Entonces es a vos a quien el rey ha aplicado un calificativo.

—¿Cuál?

—No lo recuerdo claramente… ¡Ah!… mentecato… no, majadero… no, imbécil, esto es, imbécil. De eso ha calificado Su Majestad al que ha dispuesto el vino de honor.

D’Artagnan, al ver que la ira había puesto tan sumamente feo al intendente, apretó todavía más las clavijas, mientras el orador seguía su arenga y el rey sonrojaba a ojos vistos.


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