El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¡Voto a sanes! —dijo flemáticamente el mosquetero—. Al rey va darle un derrame. ¿Quién diablos os ha sugerido semejante idea, señor Colbert? Como yo no soy hacendista no he visto más que un plan en vuestra idea.
—¿Cuál?
—El de hacer tragar un poco de bilis al señor Fouquet, que nos está aguardando con impaciencia en Vaux.
Lo dicho fue tan recio y certero, que Colbert quedó aturdido. Luego que hubo bebido el rey, el cortejo reanudó la marcha al través de la ciudad.
El rey se mordió los labios, pues la noche se venÃa encima, y con ella se le desvanecÃan las esperanzas de pasearse con La Valiére.
Por las muchas consignas, eran menester a lo menos cuatro horas para hacer entrar en Vaux la casa del rey; el cual ardÃa de impaciencia y apremiaba a las reinas para llegar antes de que cerrara la noche. Pero en el instante de ponerse nuevamente en marcha, surgieron las dificultades.
—¿Acaso el rey no duerme en Melún? —dijo en voz baja Colbert a D’Artagnan.