El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Colbert estaba mal inspirado aquel día al dirigirse de aquella manera al mosquetero, que conociendo la impaciencia del soberano, no quería dejarle entrar en Vaux sino bien acompañado, es decir, con toda la escolta, lo cual, por otra parte, no podía menos de ocasionar retardos que irritarían todavía más al rey. ¿Cómo conciliar aquellas dos dificultades? D’Artagnan no halló otro expediente mejor que repetir al rey las palabras del intendente.

—Sire —dijo el gascón—, el señor Colbert pregunta si Vuestra Majestad duerme en Melún.

—¡Dormir en Melún! ¿Por qué? —exclamó Luis XIV—. ¿A quién puede habérsele ocurrido esa sandez, cuando el señor Fouquet nos aguarda esta noche?

—Sire —repuso Colbert con viveza—, me ha movido el temor de que se retrasara Vuestra Majestad, que, según la etiqueta, no puede entrar en parte alguna, más que en sus palacios, antes que su aposentador haya señalado los alojamientos, y esté distribuida la guarnición.

D’Artagnan prestaba oído atento mientras se roía el bigote. Las reinas escuchaban también; y como estaban fatigadas, deseaban dormir, y sobre todo impedir que el monarca se pasara aquella noche con Saint-Aignán y las damas, pues si la etiqueta encerraba en sus habitaciones a la princesa, las damas podían pasearse terminando el servicio.


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