El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Según se ve, todos aquellos intereses contrapuestos iban levantando vapores que debían transformarse en nubes, como éstas en tempestad. El rey no podía morderse el bigote porque aun no lo tenía; pero roía el puño de su látigo. ¿Cómo salir del atolladero? D’Artagnan se sonreía y Colbert se daba tono. ¿Contra quién descargar la cólera?

—Que decida la reina —repuso Luis XIV saludando a María Teresa y a su madre.

La deferencia del monarca llegó al corazón de la reina, que era buena y generosa, y que, al verse árbitra, contestó respetuosamente:

—Para mí será una gran satisfacción cumplir la voluntad del rey. ¿Cuánto tiempo se necesita para ir a Vaux? —preguntó Ana de Austria vertiendo sílaba a sílaba sus palabras, y apretándose con la mano su dolorido pecho.

—Para las carrozas de Vuestras Majestades y por caminos cómodos, una hora —dijo D’Artagnan. Y al ver que el rey le miraba, se apresuró a añadir—: Y para el rey, quince minutos.

—Así llegaremos de día —repuso Luis XIV.

—Pero el alojamiento de la casa militar —objetó con amabilidad el intendente— hará perder al rey todo el tiempo que gane apresurando el viaje, por muy rápido que éste sea.


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