El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Que no habiendo el señor Fouquet devuelto los trece millones, se los ha metido en el bolsillo. Ahora bien, con trece millones puede hacerse un gasto cuatro veces mayor del que Vuestra Majestad no pudo hacer en Fontainebleau, donde, si Vuestra Majestad no lo ha olvidado, sólo gastamos tres millones.

Para un torpe, no dejaba de ser una sagaz perversidad el invocar el recuerdo de la fiesta en la cual el rey, gracias a una insinuación de Fouquet, notó por vez primera su inferioridad. Colbert devolvía en Vaux la pelota que en Fontainebleau le lanzara Fouquet, y, como buen hacendista, con todos los intereses. Predispuesto ya de tal suerte el rey, a Colbert le quedaba poco que hacer, y así lo conoció al ver el gesto sombrío de Luis.

El intendente aguardó a que Su Majestad hablara, con tanta impaciencia como Felipe y Aramis desde lo alto de su observatorio.

—¿Sabéis qué resulta de todo eso, señor Colbert? —preguntó el rey tras un instante de meditación.

—No. Sire.

—Pues resulta que si quedase comprobadas la apropiación de los trece millones…

—Lo está.

—Quiero decir si se hiciese pública.

—Mañana lo sabría todo el mundo si Vuestra Majestad…


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