El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Si no fuese el huésped del señor Fouquet —repuso con bastante dignidad Luis XIV.
—En todas partes el rey está en su casa. Sire, y sobre todo en las casas pagadas con su dinero.
—Paréceme —dijo Felipe en voz baja a Aramis—, que el arquitecto que construyó esta cúpula, previendo el uso que harÃan de ella, debÃa haberla hecho móvil para que uno pudiese desplomarla sobre la cabeza de canallas como Colbert.
—Lo mismo estaba yo pensando —repuso Herblay—. Pero como en este instante Colbert está tan cerca del rey…
—Es verdad, esto provocarÃa una sucesión.
—De la que vuestro hermano menor cosecharÃa todo el fruto, monseñor. Pero lo mejor que podemos hacer es callar y seguir escuchando.
—Creo que no escucharemos largo espacio —dijo el prÃncipe.
—¿Por qué?
—Porque yo, de ser rey, no dirÃa una palabra más.
—¿Qué harÃais?
—EsperarÃa a mañana para reflexionar.
Luis XIV levantó por fin los ojos, y al ver que el intendente aguardaba, mudó de conversación diciendo:
—Señor Colbert, va haciéndose tarde y quiero acostarme.