El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro D’Artagnan habÃa prometido a Baisemeaux estar de vuelta a los postres, y cumplió su palabra.
Athos y Aramis se habÃan mostrado tan cautos, que ninguno de los dos pudo leer en el pensamiento del otro. Cenaron, hablaron largo y tendido de la Bastilla, del último viaje a Fontainebleau y de la próxima fiesta que Fouquet debÃa dar en Vaux.
D’Artagnan llegó en lo más recio de la conversación, todavÃa pálido y conmovido de la suya con el rey.
Athos y Aramis notaron la emoción de D’Artagnan; pero Baisemeaux solamente vio al capitán de los mosqueteros del rey, y se apresuró a agasajarlo porque, para el gobernador, el codearse con el rey implicaba un derecho a todas sus atenciones.
Con todo aunque Aramis notó la emoción de D’Artagnan, no pudo calar la causa de ella. Solamente a Athos le pareció haberla profundizado. Para éste el regreso de D’Artagnan y sobre todo el trastorno del hombre impasible, significaba que su amigo habÃa pedido algo al rey, pero en vano Athos, pues, plenamente convencido de estar en lo firme, se levantó de la mesa, y con faz risueña hizo una seña a D’Artagnan, como para recordarle que tenÃa otra cosa que hacer que no cenar juntos.
