El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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D’Artagnan comprendió y correspondió con otra seña, mientras Aramis y Baisemeaux, al presenciar aquel mudo diálogo, se interrogaban mutuamente con la mirada.

Athos pensó que le tocaba explicar lo que pasaba, y dijo sonriéndose con dulzura:

—La verdad es, amigos míos, que vos, Aramis, acabáis de cenar con un reo de Estado y vos, señor de Baisemeaux, con uno de vuestros presos.

Baisemeaux lanzó una exclamación de sorpresa y casi de alegría; tal era el amor propio que de su fortaleza, de su Bastilla, tenía el buen sujeto.

—¡Ah! mi querido Athos —repuso Aramis poniendo una cara apropiada a las circunstancias—. Casi me he temido lo que decís. Alguna indiscreción de Raúl o de La Valiére, ¿no es verdad? Y vos, como gran señor que sois, olvidando que ya no hay sino cortesanos, os habéis visto con el rey y le habéis dicho cuántas son cinco.

—Adivinado, amigo mío.

—De manera —dijo Baisemeaux, no teniéndolas todas consigo por haber cenado tan familiarmente con un hombre que había perdido el favor de Su Majestad—, de manera que, señor conde…

—De manera, mi querido señor gobernador —repuso Athos—, que el señor de D’Artagnan va a entregaros ese papel que asoma por su coleto, y que, de fijo, es mi auto de prisión.


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