El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Un poco, ya os lo he manifestado; pero no vale la pena. Y sin aguardar el fin de los fuegos artificiales, Su Majestad se encaminó al palacio, acompañado de Fouquet y seguido de toda la corte; de manera que los últimos cohetes ardieron tristemente para sí solos.

El superintendente hizo algunas preguntas más al enfurecido soberano, y al ver que no obtenía respuesta alguna, creyó que aquél y su amante habían andado al la greña en el parque, y, que el rey, poco inclinado la poner mala cara, pero entregado a su amor, se revolvía contra todos porque ella estaba de morros. Esto bastó para tranquilizar a Fouquet, que dirigió una sonrisa de amistad y de consuelo a Luis, cuando éste lo dio las buenas noches.

No todo había acabado aun para el rey; faltábale tragar el servicio de aquella noche, es decir, acostarse con todo el engorrosísimo ceremonial de grande etiqueta, pues el día siguiente era el fijado para la despedida, y cumplía que los hospedados diesen las gracias al su huésped y pagasen con un acto de galantería los doce millones que aquél gastaba en festejarlos.

—Señor Fouquet, no tardaréis en saber de mí, hacedme la merced de decir al señor D’Artagnan que venga inmediatamente. —Tal fue la galantería que a Luis XIV se le ocurrió al despedir al superintendente.


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