El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Fouquet tomó la mano del rey y se la besó sin que éste hiciese esfuerzo para retirarla, pero estremeciéndose de los pies a la cabeza.
Cinco minutos después, D’Artagnan entró en el dormitorio de Luis XIV.
Aramis y Felipe estaban en su cuarto, ojo avizor y oÃdo atento. El rey no dejó que su capitán de mosqueteros llegase a su sillón. Al verlo, se levantó y salió a su encuentro, diciéndole:
—Que no entre nadie.
—Está bien, Sire —replicó el soldado, que hacÃa largo rato notó la alteración de la fisonomÃa del rey. Y después de haber dado desde la puerta la orden, añadió—: ¿Qué novedades ocurren, Sire?
—¿Cuántos hombres tenéis aqu� —dijo el rey, sin responder a la pregunta del gascón.
—¿Para qué, Sire?
—¿Cuántos hombres tenéis aqu� —repitió el soberano dando una patada.
—Tengo al los mosqueteros.
—¿Ninguno más?
—SÃ, Sire, además de los mosqueteros, hay en Vaux veinte guardias y trece suizos.
—¿Cuántos hombres se necesitan para…?
—¿Para qué? —preguntó el mosquetero mirando al rey con toda tranquilidad.
—Para arrestar al señor Fouquet.