El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¡Arrestar al señor Fouquet! —prorrumpió D’Artagnan retrocediendo un paso.
—¿También vos vais a decirme que es imposible? —exclamó Luis XIV con rabia frÃa y rencorosa.
—Nunca digo que una cosa sea imposible —replicó el gascón mortificado en lo vivo.
—Pues manos a la obra.
D’Artagnan dio medio vuelta y se encaminó al la salida, de la que no le separaban más de seis pasos. Pero al llegar a la puerta se detuvo y dijo:
—Con perdón, Sire.
—¿Qué hay? —dijo el rey.
—Para proceder al arresto del señor Fouquet, querrÃa que Vuestra Majestad me diese la orden por escrito.
—¿Por qué?, ¿desde cuándo no os basta la palabra de un rey?
—Porque cuando la palabra de un rey es hija de la cólera, puede cambiar cuando esta desaparece.
—Nada de frases, caballero, y decid claramente vuestro pensamiento.
—Siempre los tengo, Sire, y muchos, y como por desgracia no los tienen los demás —replicó impertinentemente el mosquetero.
El rey, en el furor de su arrebato, se plegó ante aquel hombre, como el caballo doblega los corvejones bajo la robusta mano del domador.