El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¡Expresadme vuestro pensamiento! —exclamó el rey.

—Ahí va, Sire —respondió D’Artagnan—. La señal más evidente de que obráis sugestionado por la cólera, es que hacéis arrestar a un hombre estando vos en su casa, y de eso os arrepentiréis una vez sosegado. Entonces quiero poder mostraros vuestra firma; porque a lo menos, ya que no queda reparación, os probará que un rey hace mal en encolerizarse.

—¡Qué un rey hace mal en encolerizarse! —gritó Luis XIV con frenesí—. ¿Acaso mi padre, mi abuelo no se encolerizaban, cuerpo de Cristo?

—Si, pero únicamente en su casa.

—En todas partes está en ella el rey.

—¡Bah! esas son palabras de lisonjero, de seguro que es autor de ellas el señor Colbert; pero no son verdad. El rey está en su casa en toda casa de la cual ha lanzado a su dueño.

Luis se mordió los labios.

—¡Cómo! —prosiguió D’Artagnan—. ¿El señor Fouquet se arruina para daros gusto y mandáis que lo arresten? ¡Voto a mil bombas! Sire, si yo me llamase Fouquet, y me hiciesen una jugarreta como esa, de un golpe me tragaría diez cohetes y les pegaría fuego para que mi casa y cuantos en ella estuviesen dentro, estallásemos. Pero es igual; ¿lo queréis? voy allá.

—Id —dijo el rey.


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