El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¿Suponéis vos que voy a llevarme conmigo alguno, Sire? Arrestar al señor Fouquet es tan fácil, que un muchacho lo haría; tan fácil como beberse un vaso de ajenjo. No cuesta más que hacer una mueca.

—¿Y si se defiende?

—¿Quién? ¿Quién? ¿Él? ¡Bah! ¡Defenderse él cuando tal rigor lo convierte en rey y mártir! Apuesto que si le queda un millón, lo cual dudo, lo daría para tener tal fin. Voy allá, Sire.

—Aguardaos —dijo el rey.

—¿Qué pasa?

—No hagáis público su arresto.

—Eso ya es más difícil. Porque nada hay tan sencillo como ir a buscarle en medio de las mil personas entusiastas que lo rodean, y decirle que le arresto en nombre del rey. Pero ir a su encuentro, rodearlo, acorralarlo en un rincón de su despacho para que no se escape; rotarlo a sus huéspedes, y conservároslo preso, sin que nadie haya escuchado una de sus exclamaciones, ésa es una dificultad real y verdadera, que el diablo que la venza.

—Decid también que es imposible, y acabaréis más pronto. No parece sino que cuantos me rodean quieran oponerse a mi voluntad.

—No seré yo quien me oponga a ella. ¿Queréis que arreste al señor Fouquet?


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