El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Custodiadlo hasta mañana, que habré tomado una resolución.
—Se cumplirá vuestro deseo, Sire.
—Volved a la hora de levantarme para recibir órdenes.
—Volveré.
—Y ahora que me dejen solo.
—¿Ni siquiera queréis que entre el señor Colbert? —dijo el mosquetero lanzando su última saeta en el instante de marcharse.
El rey se estremeció. Entregado en cuerpo y alma a su venganza, habÃa olvidado el cuerpo del delito.
—¡No quiero que entre aquà persona alguna! —exclamó—. Dejadme.
Apenas salió D’Artagnan, el monarca cerró con sus propias manos la puerta, y empezó al pasearse desaforado por el dormitorio, cual todo herido que lleva clavadas en sus espaldas las banderillas.
—¡Miserable! —exclamó el rey a gritos—. No sólo roba el dinero de mi hacienda sino que también con el dinero robado soborna secretarios, amigos, generales, artistas, y me quita mi amante. Por eso la pérfida le ha defendido con tanto tesón…