El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¡Claro!… Con ello ha mostrado su agradecimiento… y quién sabe su amor… —y añadió entre sà y con el odio profundo que la primera juventud profesa a los hombres maduros que aun piensan en el amor—: ¡Un sátiro un fauno dado al galanteo y que nunca ha hallado oposición! ¡Un mujeriego que regala florecitas de oro y diamantes, y tiene pintores para hacer el retrato de sus meretrices en traje de diosas! —Y estremeciéndose de desesperación, prosiguió a grito pelado—: ¡Todo lo mÃo lo mancilla y lo destruye!, ¡todo!, ¡y por fin acabará conmigo! ¡Ese hombre me hace sombra!, ¡es mi mortal enemigo! ¡Oh!, ¡no hay remedio para él!… ¡Le odio!… ¡le odio!… ¡le odio!…
Y al decir esto, aquel rey tan grande descargaba una granizada de puñetazos en el brazo del sillón en el cual se sentaba para volver a levantarse como un epiléptico.
—¡Mañana!, ¡mañana! —rugió Luis XIV—. ¡Oh!, ¡qué hermoso dÃa el de mañana! —Y con modestias dignas de un rey, añadió—: Cuando el sol se levante, sin más rival que yo, ese hombre caerá tan hondo que al ver las gentes los estragos causados por mi cólera, dirán por fin que soy más grande que él.