El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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La cama seguía hundiéndose más y más Luis, con los ojos abiertos, se dejaba engañar por aquella terrible alucinación. Por fin la luz de la cámara real casi se obscureció del todo, y algo frío, sombrío, inexplicable invadió el ambiente. Pinturas, oro, colgaduras de terciopelo, todo desapareció, en su lugar no se veían sino paredes de un color gris apagado y cada vez más obscuro. Y sin embargo, la cama iba descendiendo, descendiendo, y tras un minuto, que al rey le pareció un siglo, llegó a una capa de aire negro y helado, y se detuvo.

Luis XIV, que ya solamente veía la luz de su dormitorio como desde lo profundo de un pozo se ve la luz del día, dijo entre sí.

—Horrible, horrible sueño. Ya es hora de que me despierte. Vaya, despertémonos.

Pero no bien lo hubo dicho, cuando advirtió que no solamente estaba despierto, sino que también tenía abiertos los ojos.

Miró el rey al todas partes, y uno a cada lado de él vio a dos hombres armados, embozados en sendas y largas capas y con el rostro tapado con un antifaz. Uno de ellos llevaba en la mano una lamparilla cuya rojiza luz iluminaba el cuadro más triste que pueden ver ojos de rey.


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