El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Luis creyó que seguí soñando, y que para despertar del todo le bastaba mover los brazos o dar una voz; y saltó de la cama, y al encontrarse de pie en un suelo húmedo, se volvió hacia el de la lamparilla y le dijo:

—¿Qué chanza es esta, caballero?

—No es ninguna chanza —respondió con voz sorda el interpelado.

—¿Sois agente del señor Fouquet? —preguntó el rey un tanto turbado.

—Poco os importa de quién somos agentes —replicó el fantasma—. Sabed que somos dueños de vos.

El rey, más impaciente que intimidado, se volvió hacia el otro personaje, y repuso:

—Si es una comedia, decid de mi parte al señor Fouquet que la encuentro de muy mal género, y que ordeno que cese inmediatamente.

El enmascarado al quien ahora el rey dirigió la palabra era hombre alto y grueso, y parecía una estatua.

—¡Cómo!, ¿no me respondéis? —exclamó Luis dando una patada en el suelo.

—Si no os respondemos, caballerito —dijo con estentórea voz el coloso—, es porque no tenemos que deciros sino que sois el primer «importuno», y que el señor Moliére se ha olvidado de inscribiros en la lista de los suyos.

—Pero en fin, ¿qué quieren de mí? —exclamó Luis cruzando los brazos con ademán de cólera.


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