El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Luego lo sabréis —repuso el de la lamparilla.

—Pero entretanto, ¿dónde estoy?

—Mirad.

En efecto, Luis XIV miró; pero a la luz de la lámpara que el enmascarado levantó, solamente vio paredes húmedas en las cuales y acá y acullá brillaba el plateado rastro de las babosas.

—¿Es un calabozo? —preguntó el rey.

—No, sino un subterráneo.

—¿Adónde conduce?

—Seguidnos.

—Yo no me muevo de aquí —exclamó el soberano.

—Como os amotinéis, amiguito —repuso el coloso—; os levanto en peso, os envuelvo en mi capa, y, si perdéis el resuello, peor para vos.

Luis se horrorizó a la idea de una violencia: porque comprendió que aquellos dos hombres, atropellarían por todo.

—Por lo que se ve —dijo— he caído en manos de dos asesinos. ¡Vamos!

Ninguno de los dos enmascarados despegó los labios. El de la lamparilla tomó la delantera, seguido del rey, que a su vez precedía al coloso, y así atravesaron una galería larga y sinuosa. Todas aquellas vueltas y revueltas, afluyeron por fin a un largo corredor cerrado por una puerta de hierro, que el de la lámpara abrió con una de tantas llaves que tenía al cinto.


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